Entrevista Francisco Cenamor: “La gente tiene que tomar las riendas de su propia cultura y eso dará una cultura mucho más independiente”


La gente tiene que tomar las riendas de su propia cultura y eso dará una cultura mucho más independiente” 

La mayoría de las fiestas populares son un macrobotellón.  

Francisco Cenamor es un poeta, actor, y director de teatro de Leganés. Lleva viviendo toda la vida en esta ciudadad y dice que tiene “ya 45 años y no me arrepiento”. 

Hasta la fecha, ha publicado cuatro libros: “Amando nubes, “Ángeles sin cielo”, “Asamblea de Palabras” y el último, recien publicado, “Casa de aire”. Este último va a coger forma de performance, pues lo unirá a  teatro y hip-hop “para moverlo por los bares de aquí, de Leganés, de la zona sur, Madrid también. Y si podemos ir fuera de la Comunidad, también sería interesante”. 

Durante la hora de entrevista, cuenta cosas muy interesantes, se hace fotos y habla de arte, mostrando su forma de ver la vida. Habla de cultura, de poesía, teatro, cine, y de cómo la televisión llega a idealizar la ignorancia. 

"A los poetas no nos paga nadie" dice cuando le pregunto si cobra en los recitales

 ¿Cómo crees que ha cambiado la ciudad desde el punto de vista cultural? 

Desde que yo vivo aquí, que es desde siempre, evidentemente ha cambiado mucho. Ahora mismo hay muchos centros culturales, el ayuntamiento organiza muchos cursos, hay teatro. Se hace teatro en tres sitios, teatro profesional. Eso ha supuesto un cambio bastante grande en los últimos años. 

Yo lo que he hecho de menos en Leganés es una cultura menos dependiente de las instituciones. Por ejemplo, prácticamente, no hay bares como en Madrid donde se hagan actividades culturales como monólogos, teatros… aunque poco a poco va habiendo algunos. Hay muy pocas, por no decir casi ninguna, escuelas privadas, por ejemplo. Cuando digo privadas la mayoría son pequeños negocios familiares, locales, que creo que son bastante interesantes para crear tejido cultural. Y hay pocos grupos de teatro, por ejemplo. Ya digo que creo que está todo demasiado dependiente del Ayuntamiento de la subvención. 

Por lo demás, vuelvo a insistir, creo que se han producido cambios bastante grandes y apreciables. Desde el primer taller de literatura que hubo en torno a la Universidad Popular hace ya casi 25 años, evidentemente ha avanzado mucho. Pero sigue habiendo sus carencias. Fundamentalmente esa, un movimiento más autónomo de gente que haga sus cosas culturales. 

 ¿Con escuelas privadas, te refieres a escuelas de teatro? 

Sí, escuelas de danza, de teatro, monólogos… Talleres de escritura que no dependan del Ayuntamiento. Por que creo que no es el Ayuntamiento el que tiene que gestionar todo lo relacionado con la cultura. Sino que también, la propia gente tiene que hacer un esfuerzo de dejar de depender tanto de las instituciones y dedicar su tiempo, su esfuerzo y su dinero (una risa que demuestra que piensa que es difícil que la gente se gaste en eso) a lo cultural. 

  

La oferta cultural, dentro de las carencias de las que hablas, ¿es suficiente? 

La oferta cultural nunca es suficiente. Creo que el problema es de concepción. Estamos demasiado acostumbrados a que sea el Estado el que gestiona lo cultural y de el dinero. Yo cuando era jovencito también salía a reivindicar que los ayuntamientos dieran más dinero para eso. Pero cada vez creo menos que eso sea así. Creo que la gente tiene que tomar las riendas de su propia cultura y eso dará una cultura mucho más independiente. Porque los ayuntamientos, no nos engañemos, su política cultural no es global, depende de qué opción política esté gobernando. Y eso es una cosa que no podemos engañar. Y en función de que opción política habrá unas cosas u otras, y habrá un tipo de gente u otra, aportando cursos y haciendo oferta cultural. Conseguir, desde asociaciones y pequeñas entidades privadas, que haya alternativas culturales me parece muy interesante porque se rompe esa dinámica. 

Y los ayuntamientos, en el sur de Madrid, en general, la cultura es demasiado dependiente de los ayuntamientos, y por tanto de la política. 

(foto) 

Como miembro de una asociación, sé que no tenemos dinero para hacer nada. Si no pedimos subvención, no podemos ofrecer nada. 

Bueno, creo que hay dos lecturas. Por un lado, es evidente que el Ayuntamiento tiene que dedicar una parte de sus presupuestos para financiar proyectos como el vuestro. Pero por otro lado, también, se puede captar otro tipo de fondos. Otra cosa es que no se pueda, pero sería lo deseable. Yo no descarto financiación de pequeños comercios de la zona o determinadas empresas culturales. Y tampoco descarto que la gente dedique parte de su tiempo a autofinanciarse. En España la gente joven, vinculada  a la cultura y a la política alternativa, no tiene ningún pudor en gastarse 20, 30, 40 € en alcohol, pero reivindica que los ayuntamientos dediquen más dinero a la cultura. A mí me parece inmoral: dedica tu dinero a cultura, no a alcohol o drogas. Es que muchas veces exigimos a los ayuntamientos cosas que podemos hacer nosotros y que nos generaría una mayor independencia. 

Como en general, creo que el Estado debe tender, no a desaparecer, sino a ser un Estado bajo mínimos, que se dedique a proteger a los seres humanos: seguridad social, educación, sanidad, ventajas sociales… Pero el resto de las cosas, cuanto menos dependa del Estado, mucho mejor. Y eso es un esfuerzo que hay que hacer. 

Encima que estamos metidos en una cultura del dinero muy particular, en la que no medimos en que nos gastamos el dinero. Hay un montón de asociaciones culturales que no tienen cuota y dependen solo de las subvenciones. Eso me parece inmoral. Una asociación cultural tiene que tener cuota. Luego la cuota será más redistributiva o menos, de si la gente tiene más dinero o menos. 

Para mí un ejemplo, también relacionado con lo cultural, son las peñas de las fiestas. A las peñas no deberían darles dinero, y me van a crucificar por esto. Las fiestas históricamente, la gente dedicaba una cantidad durante todo el año a esa peña y luego ese dinero se gastaba en las peñas. ¿Por qué hay que subvencionar una peña de festejos? Aparte que habría que hablar de qué sentido tienen las fiestas hoy. Que ahora la mayoría de las fiestas populares no es más que un permiso para hacer un macrobotellón. Que no va mucho más allá, aparte de otras peñas que lo viven de otra manera y organizan muchas actividades. El resto es “alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”. A eso se resumen las fiestas populares ahora. Todas, desde las más prestigiosas, como la Tomatina, o los San Fermínes, la fiesta es una excusa para juntarse y hacer un macrobotellón de un millón de personas. Habría que empezar a trabajar sobre el concepto de las fiestas populares. 

 Hablando de los macrobotellones, ¿los jóvenes aprecian la oferta cultural que tienen en Leganés?

  La gente joven es muy receptiva a lo cultural. Hay mucha gente joven y todos, con excepción de muy poquitos, hacen botellón. Pero de todos esos, hay unos que hacen botellón y ya está y otros que hacen otras cosas además, afortunadamente. Por ejemplo, en los cursos de teatro que imparto, la mayoría de la gente que se apunta tiene menos de 35 años. En Madrid, hay un boom de organizar actividades de teatro, performance, música, poesía… en bares, y es todo gente joven la que va. Estamos hablando de la misma franja de edad. Gente de menos de 35, siempre hay alguno que pasa de 35, como yo. Incluso gente jovencita, te puedes encontrar gente de 17, 18, 19 y 20 años yendo a estos eventos. 

Lo interesante sería que en Leganés se empiece a poner un poco de moda y que coja un cierto auge. También depende de nosotros mismos, los artistas, de organizar cosas. Yo voy a empezar a organizar cosas, estoy montando un espectáculo, basado en mi último libro, que se va a llamar también “Casa de aire”, que une teatro, hip-hop y poesía, para moverlo por los bares de aquí, de Leganés, de la zona sur, Madrid también. Y si podemos ir fuera de la Comunidad, también sería interesante. 

Y con uno de los talleres, el de improvisación teatral, otra cosa que se está poniendo de moda, igual que los monólogos, porque es una cosa muy fresca muy divertida y, en general, cualquiera puede participar, voy a tratar que todos los meses, por lo menos una vez, la gente que está en el taller, actúe con público en algún bar de Leganés. Así que también es responsabilidad nuestra, de los creadores, el mover todo este marasmo cultural. Y moverlo en dos direcciones; uno, la relación con lo público, porque el ayuntamiento no deja de contar con dinero que es de todos, que lo pagamos nosotros cuando pagamos los impuestos. Y la relación con lo privado pequeño; me interesa más la pequeña y mediana empresa que las grandes empresas o las multinacionales. Porque montar empresas no es malo en sí mismo, el problema es la concepción que se tiene sobre esa empresa y el trato que se le da  los que trabajan ahí. 

Hablando de tus cursos, en Octubre empiezan otra vez, ¿estás emocionado?

A mí me gusta mucho actuar, sobre todo en teatro. Reconozco que cuando tengo que actuar delante de una cámara, cuando he tenido algunos papeles en series de televisión, la cámara me cuesta más. Y como soy muy perfeccionista, y el sistema de trabajo es llegar y hacerlo, estoy muy nervioso, porque no se si voy a hacerlo bien. Luego voy y creo que lo hago bien, pero me genera tensión. Me gusta más el teatro porque hay elaboración previa y en esa elaboración previa, yo cojo seguridad a la hora de actuar.

Pero lo que más me gusta es dar clase. Disfruto mucho dando clase, porque aprendo mucho, porque tengo que estar cambiando los códigos de enseñanza en función de a quien estoy enseñando, porque cada persona es diferente y eso me enseña mucho. Y por otro lado, trabajas directamente, y de manera cercana, con personas, que es algo que siempre me ha gustado, estar en contacto directo con las personas. Quizás en los espectáculos es más difícil,  la gente compra una entrada, tú le trasmites todo lo que puedes, te desvives, te dejas piel pero luego el espectador te hace, como mucho, un aplauso importante y se va. Es muy difícil establecer canales de comunicación, aunque se puede. En cambio, en los talleres me encuentro más a gusto porque estoy en contacto con la gente. Y una cosa que siempre me ha gustado es enseñar.

Y no enseño solo técnicas de teatro, sino que en cierto modo, como yo concibo el teatro también hay implícita una cierta filosofía de la vida. Yo trabajo grupo, la relación. Trabajar la relación entre las personas. ¿Cómo resolver conflictos? ¿Cómo llevarse bien? ¿Como crear un espíritu democrático, solidario? Con igualdad, en la que hombres y mujeres tiene el mismo protagonismo dentro de la obra. Como gente de distintas edades, puede llegar a tener el mismo protagonismo. Dentro de la desigualdad, somos diferentes. ¿Cómo dentro de esa diferencia, se crea un conjunto que es igual. Yo también enseño eso. No me limito a dar una técnica y ya está. Enseño valores. 

A la vez que enseñas, tú también aprendes, ¿no?

Pero muchísimo. Porque yo aprendo mucho de la gente y, cada persona es un mundo y yo me adapto a cada grupo, como es cada persona y tratar de llegar a ellos. Si tengo que sacar permanentemente cosas nuevas para llegar a ellos, es fantástico.

En los cursos, tú además preparas algunas obras de teatro, ¿Qué hiciste el año pasado?

Uno de los talleres es para montar una obra de teatro. Mi intención es que aprendan como se monta una obra de teatro, desde el punto de vista de los actores y las actrices, y claro desde el director, yo, en este caso. Nunca, a lo mejor, algún día cambio, les propongo un texto concreto. ¿Por qué? Por un lado, porque aprenderse un texto supone un sobreesfuerzo. Y este taller es ocio, no aprendizaje. Así que yo no les puedo exigir a la gente que dedique 2 ó 3 horas de su vida a aprenderse un texto. En cambio, si es él o ella misma, el que saca el texto, se lo aprende mucho más fácil, diciéndolo con sus propias palabras.

Las obras las hacemos desde cero y, a partir de ejercicios e improvisación, construimos la obra. En la última, por ejemplo, el tema era los cuentos infantiles. Yo les enfrenté a sus personajes favoritos o, al contrario, a los que odiaban cuando eran niños. Ellos lo que hicieron, fue un proceso de asimilación del personaje, o sea, ver películas, leer los cuentos originales, para ver cómo es el personaje. Y luego hacemos una construcción física del personaje, ¿cómo es ese personaje y cómo yo puedo moldear mi cuerpo? Influye como coloco las piernas, como miro, como coloco los brazos, el tronco, la cabeza…y el vestuario, también. Para crear el personaje. Una vez moldeados los personajes, empezamos a trabajar diferentes situaciones y a improvisar para mezclar dos cosas. Por un lado, el sketch, una cosa muy típica del teatro moderno y que funciona muy bien con el público. Y por otro lado, que haya una cierta lógica, que haya un principio y un fin. Los personajes se encuentran en un punto, avanzan hacia delante y llegan a un final. Es una cosa que trato de trabajar, que no sea el sketch por el sketch, que es una cosa en la que ha caído muchas veces el teatro contemporáneo.

Y el texto, quizás algún día me atreveré, en función de como vea, qué tipo de alumnos tengo. Pero está complicado, porque aprenderse un texto es durillo.

Hace algún tiempo, escribiste una obra y la presentaste como director.

Sí. con un grupo de gente jovencita, de aquí, de Leganés. En concreto, de cerca de mi barrio. Fue en dos años diferentes. En el primero, yo les propuse que me hablarán sobre sus experiencias relacionadas con todo. Porque muchas veces, etiquetamos a la gente joven, como que solo hablan de fiesta y de poco más. Y eso es mentira. Caemos en el tópico por los dos lados, lo que hacemos es potenciar nosotros mismos el tópico y que ellos mismos digan “vale, si solo es fiesta, pues fiesta”. Hablaban sobre la muerte, el trabajo, las relaciones,… sobre un montón de cosas. Yo les ponía a improvisar, les ponía situaciones. La hilazón de la dramaturgia la iba haciendo yo, pero el texto salió de lo que ellos querían contar. Yo hice la dramaturgia: convertir ese texto en teatro.

Después, me planteé escribir yo la obra, también relacionada con la gente joven. Lo que hice fue escribir una obra sobre una casa ocupada. El proceso de cómo unos chavales deciden ocupar una casa y porqué y la ocupación de esa casa. El problema de hacer cosas sociales es caer en tópicos, ortodoxias y en ideologías cerradas. Yo no, lo que hice fue crear personajes que dialogaban entre sí, incluso personajes que no tenían miedo a cuestionarse su propia actuación. Actuación relacionada con la violencia, su comportamiento en una Asamblea, su comportamiento dentro de un grupo, su propia ortodoxia ideológica. Si esa ortodoxia está relacionada con lo político, o con el hecho de ser joven. Además es muy simbolista.

Que es algo que cada vez utilizamos menos. El artista la usa, pero la gente quiere que las cosas estén claritas y que si un perro, es un perro, es un perro. No que el perro sea símbolo de nada. Es una cosa que estamos perdiendo, que es superimportante en cualquier disciplina artística. Que vamos al realismo más absoluto. Y me parece que se pueden hacer cosas interesantes pero, a la vez, el realismo tiene simbología y hay que saber utilizarla. Y que el realismo nos lleva al final a lo gris, a lo monocromo. Incluso puede llegar un momento en que el arte no tiene sentido, porque si lo que hace es reproducir la realidad, tal cual es, para que queremos el arte, nos basta con mirar. Si ahora mismo, donde estamos, alguien pinta un cuadro, que es una estructura metálica, una caseta donde hay un guardia de seguridad, con una mano en la cabeza. Lo ha pintado magníficamente. ¿Pero que valor tiene eso? Solo la profesionalidad. Mientras que esa misma imagen puede utilizarse simbólicamente y decir mucho más.

¿Cómo por ejemplo?

Pues no sé… ahora mismo se me ocurre. Que tuviese barrotes y que el guarda estuviese, que lo está, encerrado en su propio trabajo. Se le vé, está hasta las narices. Está rodeado de cultura, pero está hasta las narices.

¿Cómo manifiestas eso? Eso con el realismo, en pintura no se puede manifestar. Le podrías poner una cara grotesca, pero ya no sería realismo. Tiene más límites. Pero, con el tipo de colores, o que todas las estatuas se convierten en una amenaza…, cambia, ya no es realismo pero consigues otras cosas. A lo mejor descubrir qué siente. Que con el realismo se puede también, pero es más limitado.  ¿Pero estamos volviendo otra vez al realismo? “Es que no lo entiendo”.

Como en la poesía, pero es que no es para que la entiendas. La razón está excesivamente valorada, la poesía está para trasmitir otras cosas. Para trasmitir sentimientos, para jugar con jugar la palabra, para trasmitir belleza, para hacer juegos del intelecto, como hacia Luis de Gongora en su poesía. Pero ahí está el reto. Otro problema que también tiene el teatro. “No entiendo el teatro”. “El teatro moderno no lo entiendo” Pues aprende a entenderlo. Siempre decimos lo mismo: es el autor, el grupo de teatro el que tiene que rebajar su nivel cultural para ponerse al nivel cultural de la gente. No hay que rebajar el nivel cultural, como mucho hay que buscar mecanismos de expresión que también sean cultos, o que ayuden a generar un nivel cultural mayor en el receptor. Pero con la intención de que la gente aprenda los códigos de un teatro, de una poesía, de un cine, más culto. Es que estamos cayendo en eso.

En general, los seres humanos, siempre ha habido una élite muy culta y el resto de la población con un nivel muy bajo. Poco a poco, sobre todo en el mundo occidental y, también en otras zonas localizadas, por los sistemas sociales que se han ido imponiendo poco a poco. Ha habido repuntes donde ha subido el nivel cultural de la población, pero poco a poco lo estamos perdiendo. Incluso se idealiza la ignorancia. Sobre todo en la televisión, pero no solo, también en la música, la poesía. Todo tiene que ser directo e entendible. ¿Entendible por quién? ¿Por los gusanos de seda?  Pues no, yo no voy a hacer una cultura tan ignorante que la entiendan los gusanos de seda. Lo que hay que hacer es optar por fórmulas culturales que sirvan para aprender. Y no rebajarse. Rebajarse es perdida. Igualar a la baja, es perdida. Hay que hacer lo contrario, subir el nivel cultural. Y no hablo de más conocimientos, sino de tener una mirada diferente, de saber mirar, saber desentrañar qué está pasando cunado uno mira. Y eso con teatro se consigue, cultivar la mirada de la gente. Porque la gente está mirando. Está escuchando, pero está mirando, sobre todo.

 

 

Cuéntame algo sobre tu teatro.

El tipo de teatro que a mí me gusta más enseñar, si se le puede dar un nombre es teatro físico. En el que el actor, la actriz y su cuerpo tienen mucha importancia. El texto es importante, pero relativamente. Yo formo actores y actrices, ya sean aficionados o profesionales, que sepan manejarse por su cuenta. Que sepa trabajar sus propios textos, desde su propia experiencia, o la experiencia de otros. O incluso coger textos que no son teatrales.

Cuando el texto teatral es muy claro, el actor se convierte en una herramienta al servicio del texto. Que una persona sea herramienta, como cuando hablamos del sistema actual de trabajo, el ser humano es un recurso, me parece una aberración. El ser humano no puede ser un recurso, el ser humano es ser humano per se. No tiene otra lógica para mí. En teatro es lo mismo. Muchas veces el actor, o la actriz, entra en una compañía de teatro en la que le dicen “este es el texto que tienes que aprender” y el director le dice “entra por aquí, sal por aquí, haz esto”. Tiene que haber un director, una directora, tiene que haber un texto -hay formas de teatro que no hace falta-, pero no necesariamente tiene que ser una losa para el actor o la actriz. Incluso textos clásicos pueden trabajarse de otra manera y transformar el texto. Y cargarte la mitad del texto o más, porque en realidad lo que buscas es la esencia. Eso lo tiene que saber hacer el actor o actriz. Si es simplemente alguien que declama muy bien… Es una cosa que esta sobrevalorada. Sobre todo hoy, que tiene que ser mucho más natural pero bueno…

El teatro que enseño es físico, enseño a la gente a utilizar el cuerpo. O a utilizar el cuerpo conscientemente. Porque todo el mundo sabe usarlo. Porque lo usa, pero inconscientemente. Porque también lanzamos señales incorrectas, que cuerpo y cara no coinciden. Y así trabajo con la gente. “Que la gente no me toma en serio” o muchas cosas… “Las mujeres no me quieren más que como amigo” A lo mejor que no estás mandando señales correctas con tu cuerpo. Si lo que quieres es ligar, manda señales correctas. Luego estaríamos trabajando tópicos, de cómo se coloca uno para ligar… Pero cuidado, los tópicos funcionan. Y el el teatro sin tópicos no sería tan fácil. Porque los tópicos funcionan, la gente tiene metida en la cabeza.

 Que son reconocibles…

Sí eso es. Otra cosa que uso yo en el teatro. Tratar de desentrañar que es reconocible fácilmente. Porque es una cosa que funciona. La gente reconoce una actitud fácilmente. La gente ve llorar, por ejemplo, y ya sabe que hay un drama. Es una cosa muy clara. Pero como reacciona la gente ante determinadas cosas es otra cosa que trabajamos mucho, porque es muy importante para saber llegar. Son recursos para no tener que rebajar el discurso cultural para llegar a la gente. Se puede llegar, descifrando cómo piensa. Más que cómo piensa, qué símbolos tiene, cómo interpreta los símbolos.

Decías antes de “destrozar” una obra y sacar su esencia, ¿qué obra escogerías?

Yo no soy muy de texto. Reconozco que me he centrado tanto en el teatro físico y en la construcción de historias propias que tengo graves carencias. Pero una obra que sí le sacaría la esencia e investigaría quién sería hoy son Don Quijote y Sancho Panza. Los pongo juntos porque son totalmente complementarios. ¿Quiénes serían hoy?, ¿en qué circunstancias podrían entrar? Yo no he visto tantas obras en las que esto se haga, incluso películas. Porque hay otros cines en los hay una revisión constante de su propia tradición literaria, pero aquí por ejemplo, no hay mucha tradición de hacer un cine donde se revise la tradición literaria. En la que se revise, ¿eh? No en la que se vuelva a hacer lo mismo. Para eso te tienes que cargar gran parte del texto, porque habría que buscar situaciones nuevas y hacer un buen análisis, una exegesis, de cómo serían hoy Don Quijote y Sancho Panza, y en qué situaciones se verían envueltos. Yo me imagino a Don Quijote montado en bicicleta, luchando en una rotonda, contra los coches. Pensando “los coches son monstruos” y en realidad, se estrella contra uno. No sé, buscar ese tipo de cosas y actualizarlas.

"Pero yo siempre me quedaría con Quijote, es mejor pensar que los coches son monstruos a que dan puestos de trabajo."

Y, ¿cómo sería Sancho?

Sancho, evidentemente, es pragmático. Y sería el que le estaría diciendo “los coches también sirve para algo, y crean puestos de trabajo”.

Pero yo siempre me quedaría con Quijote, es mejor pensar que los coches son monstruos a que dan puestos de trabajo.

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